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Corebunda

Por si no lo sabías, tengo una cerda que se llama Corebunda. Fue un regalo de parte de un primo tras visitarle en Asturias (creo que visitaré más a menudo) y con ella inicié el cuento de la lechera. Ella sería la primera, la madre de una piara con la que empezaría a tomar cuerpo en serio el Rancho de San Ysidro.

Entren los mastines.

El mastín imperial leonés, o mastín español es uno de los animales más bellos del mundo. Entendedme, es feo de narices, pero madre mía ¡qué bonito es! Criado para luchar uno solo contra varios lobos en defensa del ganado, son unos bichos impresionantes, que pueden llegar a pesar los 90 kilos. Incluso se conoce casos en los que en lugar de pelear por su terreno contra un lobo lo hicieran contra un oso. Pues unos cinco de esos la emprendieron contra la gochina.

Según puedo entender por lo que me cuentan los dueños, que los tienen para cuidar de sus ovejas, rondaba por la zona un zorro. El raposu asustó a Corebunda, que echó un gruñido para asustarlo, el cual oyeron los mastines, que pensaron que más peligro corrían las ovejas por una gocha metida en un terreno cercado que un zorro libre (nadie dijo que los mastines fuesen los perros más inteligentes) y entraron a atacarla. Ahí estaban los hijos del dueño de las ovejas, que las estaban trasladando de un terreno a otro. Algo sorprendido – quizá hasta emocionado – vio que sus perros perseguían lo que él creía que era un jabalí (ellos no sabían que había en Llamera una cerda). El hermano mayor, que aunque tampoco sabía que hubiera sí sabía que aquello que gritaba asustado entre la masa de sus perros tenía de jabalí lo que un sabueso de lobo, salió corriendo a apartar a sus perros. Unos dos minutos después lo lograron, y la cerda logró huir a su refugio, del que no la pudieron sacar.

Malherida estaba y malherida sigue, y en peligro de muerte si no funcionan los antibióticos, pero de todo esto saco tres conclusiones.

  1. Aquello de que a reunión de pastores oveja muerta no siempre es algo malo.

La gente puede ser huraña, tosca y malencarada. Puede esconderse para no tener que saludar y preferir con mucho saber de sus vecinos solamente lo que les pueda indicar el movimiento de su coche y el humo de su chimenea. Pueden ser lo que te de la gana, pero saben que llegados a ciertos extremos lo que toca es ayudar.

La noticia me llegó estando fuera del pueblo, haciendo polvorones en casa de unos amigos para terminar la navidad en condiciones. Mi vecina fue todo lo tranquilizadora que pudo por el teléfono, y en un principio también quise pensar que sería menor el asunto, pero por mucho que lo intentara no había forma de imaginarme un ataque de mastines que no fuera una carnicería y me fui poniendo más nervioso según avanzaba la tarde. Al final salí un poco antes de lo previsto directamente al terreno en el que estaba ella. Ensangrentada, sudada del susto y temblando del frío penetrante de una noche que amenazaba helada (y que cumplió). Pero rodeada de paja fresca que la calentara y que yo no puse.  Lo primero que hicieron fue asegurar que estuviera todo lo cómoda que fuera posible sin poder verle a ella porque no les dejaba acercarse hasta que llegara el veterinario.

El veterinario llegaría al día siguiente, pero a una hora en la que yo ya no podría estar. Por la mañana volví a verla, el sudor de la cara helado y quejándose del dolor pero sin moverse de donde estaba. Mi vecina, se ofreció a acompañar el veterinario y, al ser obra de sus perros (que a la sazón tienen seguro), a correr con los gastos. No fue una visita que llevar al optimismo. Seguía sin moverse, y las heridas por toda la cara y el cuerpo no son moco de pavo. Sigue sangrando. Receta antibióticos y antiinflamatorios y esperar. Si al cabo de dos semanas sigue viva entonces podremos pensar en optimismo.

Por la tarde voy directamente del colegio a ver a la cerra (previo cambio de ropa) para intentar sentirme útil sin tampoco poder hacer demasiado. Logré inducirla a levantarse, aliviarse, beber agua (bastante) y comer pienso (poco). Ese movimiento, aunque poco y adolorido, da algo más de esperanza, aunque con cautela. A medio camino entre el terreno en la que está la gocha y mi casa (a extremos opuestos de este pueblo pequeño y alargado) me encuentro con los ovejeros. Baja la mujer corriendo al verme. Había pasado por mi casa al ver el coche, pero no me encontró. Habían pasado a ver cómo seguía la gocha tres veces a lo largo del día. Se ofrecían a ponerle ellos las inyecciones si el trabajo me impedía hacerlo. Evidentemente me negué agradeciéndolo. Mientras pueda es mi responsabilidad y no la suya y no me gustaría sentir que rehuyo de ella. Siguen atentos y seguirán en contacto mientras dure el asunto.

Después de que me diesen las instrucciones del veterinario sigo camino, y antes de entrar me encuentro con mi vecino de enfrente. Un vasco casado con una leonesa al que nadie perdonará nunca el no ser de aquí incluso años después de que se haya mudado. Cosas de estos lugares. Es necesaria al menos cierta justificación genealógica para que le perdonen a uno la vida, salvo honrosas excepciones. No se me ocurre ninguna, pero seguro que la hay. El caso es que el eterno foriatu se compadece de los forasteros y, a pesar de que por nuestra justificación genealógica no padeceremos exactamente los mismos problemas a los que tuvo que enfrentarse él, entiende las venturas y desventuras de quien llega aquí a hacer su hogar y siempre está dispuesto a echar una mano. Guardando la distancia de rigor, disfrutando más que no vengas a que vengas, pero siempre dispuesto a lo que sea.

Con él me encuentro, y le cuento el estado de las cosas. Mañana irá conmigo, dice, a trasladar a la cerda del terreno en el que está a aquél en el que estoy yo. De su cubil al mío (o cerca del mío). Pesa mucho, así que en circunstancias normales subirla al coche solo sería una odisea – como lo fue el día que la llevé a formar parte de un belén viviente ideosincrásico – pero llevarla ahora con sus heridas sería impensable. Pero con su ayuda podré subirla a una tabla y de la tabla al coche para trasladarla a donde pueda darle un mejor seguimiento.

Vaya, que aquí las cosas funcionan como deben. Ante un problema nadie anula la responsabilidad y capacidad de decisión del que se encuentra en problemas. Quien causa el daño responde, incluso por encima de lo exigible, y quien no también está para echar un cable. Si pidiese más, más darían, pero también es necesario asumir cierto grado de autonomía para que las cosas funcionen, y para estar en condiciones de ser quien ofrece más tarde.

2. Este experimento es viable.

Y no hablo desde el punto de vista económico, hay granjas y funcionan, quiere decir que montar una granja es un proyecto viable si se plantea bien. Cuando un maldito urbanita despreciable como yo intenta irse al campo a montar una granja siempre hay una insistente voz que susurra que esto no es lo suyo. No estás hecho a ello, no tienes ni idea, y cuando las cosas se tuerzan todas estas fantásticas ideas bucólicas se van a esfumar. No dudo que, aparte de las limitaciones externas que han ralentizado la marcha de todo esto, esa idea persistente contribuye a que por ahora el tal rancho no sea más que un invernadero a medio construir y una cerda. Pero aquí estamos con un problema y no se derrumbó nada.

Recuerdo cuando leía las entradas angustiantes de Kevin Ford sobre las sequías y las plagas que hacían estragos año tras año en sus sembrados. Problemas más graves que el mío tanto en magnitud (una cerda no es una hectárea) como situación personal (escarmenté en cabeza ajena y ni dependo económicamente de esto ni tengo una familia que mantener). El tesón que demostró me admiraba, y no podía más que preguntar cómo reaccionaría yo ante esos avatares. Bueno, pues el experimento está hecho a pequeña escala. Tampoco se derrumba uno. Ya podré seguir y experimentarlo más pronto que tarde a mayor escala. Pero sin temores subconscientes que me retengan.

3. Se puede querer bien a un animal sin ser animalista

No sé si habremos hablado en alguna ocasión del profundo desprecio que siento por la ideología animalista. Existe una jerarquía de bienes, y en esa jerarquía no es lo mismo un ser vivo que otro. El hombre, que hecho imágen y semejanza de Dios, redimido por la pasión de Nuestro Señor Jesucristo y llamado a participar de la vida misma de Dios en la Gloria es infinitamente más digno que cualquier animal. Los intentos de equiparar uno y el otro me parecen abominables.

Este abominar del animalismo me lleva en muchas ocasiones a asumir publicamente posturas de dureza y desprecio a la vida animal más en oposición a esta idea nociva que por la propia visión de las cosas. Los animales tienen valor, desde luego, y por su asociación al ser humano tiene más valor un animal domesticado que uno salvaje. La gocha no la tenía para matarla, pero no porque quiera tener una cerda de mascota sino fundamentalmente por dos razones: primero, porque así se lo prometí a mi primo y segundo, porque era mi intención creciente que estableciese con su descendencia una piara que sí sería de carne. Es decir, su vida vale tanto en cuanto me sirve a mi, que soy su dueño.

Pero siendo esto así, el dolor que padece ahora no beneficia a ningún ser humano. No beneficia a ningún animal (ni a los que lo causaron). Esta tarde cuando me acerqué a verla no me acerqué por ver en qué medida podía servirme. Creía que iba a acompañarla un poco en su agonía y punto. La etimología no es casual, al ser un animal domesticado, forma parte de mi hogar. Como cabeza de ese hogar (por ahora tan huérfano de otros seres humanos, que al final son lo más importante en él) tengo responsabilidad tanto con el bien común de ese hogar (que funcione todo en él de forma harmoniosa) como el bien particular (que cada parte constitutiva del hogar llegue a alcanzar su propia perfección). En el caso de un animal esto significa que, cumpliendo su función dentro del hogar (en una mascota dar compañía, en un animal de trabajo realizar su labor – el mastín protección el burro carga etc – y en un animal de granja dar carne, huevos leche o algún otro producto y descendencia) tiene también que alcanzar su propio bien. Tengo que asegurarme de que mantenga cierto grado de salud, que crezca y se desarrolle adecuadamente, y que – dentro de su capacidad y siempre que se pueda armonizar con su función y el bien común del hogar – disfrute. La cerda es un animal sociable, inteligente, que puede ser y a menudo es feliz. Y ahora sufre sin ton ni son y además de fastidiarme emocionalmente me obliga moralmente a hacer todo lo que está de mi mano para o bien ayudar a que recobre la salud o bien aliviarle el sufrimiento si llega a ese extremo. Lo haré mejor o peor, pero desde luego que no va a cuidar otro mejor a Corebunda por el hecho de que sea tan tonto como para privarse del chorizo o de emocionarse en una plaza de toros.

 

Bueno, sobre esto es todo. Ceterum senseo Monsantum delenda esse.

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